Un hombre arroja las cenizas de su madre a las olas. Después, camina como si quisiera trazar un mapa de la ciudad. Se sienta en un bar, recuerda. “Mi madre andaba en la luz”, escribe Haroldo Conti. “Mi madre es la risa, la libertad, el verano”, escribe el poeta Héctor Viel Temperley. Sobre un cuerpo ausente, de Juan Bautista Duizeide, construye a una madre que aparece montada en el “susurro de luz de las olas”. Ellas son la materia de la cual está hecha la vida de ese hijo y los renglones donde compone su odisea del tiempo perdido.
En esta historia se encuentran las voces de ambos, madre e hijo, comparten momentos y palabras con las voces de los clásicos (Esquilo, Homero, Borges, Virus). Mientras el hijo crece, entregado a la vida naval en una isla y en las “rápidas naves”, la madre escribe cartas que son a la vez cartas de amor y el otro lado del relato: el dolor por ese hijo ausente y una crónica de la última dictadura. Hijo y madre en la misma aventura: armar una lengua.
La obra de Duizeide no es un anecdotario, ni una novela de aprendizaje, ni una de navegantes, aunque tiene los materiales del primero, la periodización de la segunda y las palabras de la tercera. Los términos a los que nos tiene acostumbrados el autor —navegante, además de escritor— están aquí fuera de quicio: las palabras bailan, se encadenan como acontecimientos fortuitos, pruebas, hazañas, con riesgo y con gracia. “¿Qué pesadillas guardará el agua?”, se pregunta el hijo.